Un amor infinito e indescriptible es el que siente la madre cuando nace su bebé. O sea, el de la foto que todas nos tomamos. La foto en la sala de operaciones donde estamos despelucadas, cansadas, con amor que se nos sale de los poros. La foto que el esposo o doctor en medio evento saca el celular y nos toma la foto al revés con el bebe cargado justo a lado de la cara. Esa es LA FOTO que cambia la vida. Es el sentimiento que uno piensa que no se puede querer más. O sea, que el corazón literalmente explotará de amor. Es una sensación inimitable que toda mujer experimenta. Y por supuesto atesora. El recuerdo de ESA foto, puedo confirmar, es uno de los momentos más felices de la vida de toda mujer.

Entonces ese es nuestro momento de máximo amor. Claramente en el transcurso de nuestras vidas de madre vienen muchísimas sorpresa agradables y momentos especiales con nuestros hijos donde morimos de amor y de buenos sentimientos por ellos. Mamá es mamá, y eso es una realidad. Somos las que más sentimos. #jaja Pero bueno, todas las que leemos esta columna estamos claras de esto. NO tengo que enfatizarlo más. Ya eso es tema resuelto, claro y aprobado. Mejor hablemos de ellos.

En mi opinión, el momento de máximo amor de padre hacia el hijo es en Disney. O sea, ¡el papá no puede querer más! Primero que el viaje es caro así que son ahorros de muchos años o meses. Muchas cervecitas no tomadas, muchas noches de amigos no asistidas por ahorrar esos dolaritos para el viaje a Disney. El carro no “envenenado” y del año 1 para ahorrar para el viaje. Entonces una vez uno llega allá comienza el verdadero sacrificio. Cargando chiquillo en los hombros y viendo los muñequitos y princesas. Yo he visto papás con fachas de malo. O sea, tatuados con calaveras, haciendo filas de horas con 100 tatuajes sangrientos con culebras y piratas con cuchillos así al estilo manos, piernas, cuellos completos con tinta que se les desbordan de las camisas de Mickey.   Papás “malos”, parados horas en fila con calor, para ver a Mickey. Cuando llegan a la foto los niños vienen amargados, y no les interesa en lo absoluto más nada que no sea dormir y tomar teti. Así que cuando finalmente llegan a la foto con Mickey el niño no quiere soltar al papá. El papá lo pone en el piso mientras que el niño llora y lo acomoda al lado de Mickey, y el comienza a brincar, saltar cantar para que el niño mire a la cámara y salga la foto de Mickey un niño sonreído. Y olvídense de “Párate ahí o te pego,” porque allá en Gringolandia uno debe llenarse de paciencia porque uno no puede ni alzarle la voz a los niños porque nos llaman a la policía y nos llevan presos. O sea, que considerando que todo el mundo tiene hambre, sueño, calor, está extenuado y uno no puedo darles un chancletazo a los niños. O sea, casi se paga por sufrir.

Pero el máximo esfuerzo es el de no matar a los niños. Llevas todo el día complaciéndolos y los pelaitos aún no quieren hacer caso. No quieren sentarse en el bus y tú luchando con el coche para cerrarlo con 100 chécheres que le compraste carisísisimos que en Avenida B los compras por docena al mismo precio. Siempre hay uno que además de los chécheres está dormido en el coche así que hay que cargarlo y sacar las compras y cerrar el coche para entrar al bus para luego volver abrirlo, etc etc. Cuando llegas al hotel, se despierta el que estabas cargando que no logró la foto con Mickey y alborota al que venía ya casi listo para dormir. Once de la noche y aún no quieren dormir. Ya los adultos del cuarto están empijamados y los niños quieren seguir jugando y saltando en la cama.  A este escenario, añádale compartir baño con 3 personas más incluyendo la suegra, comiendo chicken fingers parado, y caminando por 4 días… Eso es amor. No hay tatuaje de malo, ni pelo largo, ni arete con bling que te salve de este sacrificio que es llevar a los niños a Disney. O sea, aunque seas el papá con el look más malo, malo, malo te aseguro que te veo en Disney.  #SacrificiosDePadre

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